LA PRUEBA Y EL SILENCIO DEL ACUSADO ¿opera en su contra?

    Sandro Mario Paredes Quiroz              

Introducción.

Desde el momento que lee el título del artículo, automáticamente una respuesta negativa salta a la mente de cualquier estudiante de derecho, es más, incluso a muchos les causara decidía tomarse unos minutos más para seguir con la lectura porque la respuesta es tan concluyente y definitiva que no hay duda al respecto: el silencio no opera en contra del acusado. Si termina de leer el artículo tal vez esa idea pueda variar un poco.

Desarrollo.

Antes de entrar de lleno respecto a la interrogante planteada en el titulo, partamos por preguntarnos ¿qué cosa se prueba en el derecho penal?, para unos lo que se prueba son los hechos atribuidos, y para otros, son las versiones de las partes, en otras palabras, ¿Qué es lo que debe probarse?, lo que es lo mismo, ¿cuál es el objeto de la prueba? Ya se dijo que el objeto de la prueba es aquello que se pretende conocer a través de los medios de prueba. ¿Pero que es aquello que debe ser probado en el juicio? Para responder a esta pregunta, se habla indistintamente de la comprobación de la verdad del hecho o, más a secas, de la comprobación del hecho. Esta terminología, pese a que corrientemente es empleada sin diferenciaciones (especialmente en el ámbito judicial), debe ser analizada para no caer en el error conceptual de creer que cualquiera de esas expresiones se refiere a la misma cosa. En primer lugar no resulta apropiado hablar de verdad del hecho”. Evidentemente no es la verdad del hecho lo que debe probarse. Un hecho existe o no existe, pero no puede hablarse de él en términos de verdadero o falso. Puede, en efecto, afirmarse que un hecho existió o que un hecho nunca existió, pero no puede afirmarse de igual manera que sea “verdadero» o que sea “falso”. El hecho en sí tampoco podría probarse, en el sentido de que este, una vez que ocurrió, no puede ser reproducido mediante la experiencia, dado que forma parte del pasado. Resulta imposible la reproducción exacta del suceso que ha quedado en el pasado, y por lo tanto, no podría aspirarse más que una reconstrucción mental del mismo[1].

                              Consideramos que en efecto, es imposible poder acreditar cuales son los hechos que se presentaron al momento de la comisión delictual, para ello se requeriría no solo tener conocimiento sobre qué fue lo que paso, sino que tendría que verificarse todo el contexto que rodeo la escena, por ejemplo, en un  delito de homicidio no bastaría saber quién fue la persona que disparo, sino también lo que se suscitó momentos antes, las palabras, gestos, la velocidad a la cual se aproximó a la víctima, el clima, o toda otra circunstancia que pueda presentarse en el momento, minutos o segundos antes del hecho delictual, de lo contrario sería imposible tener una idea cabal de cómo se produjo en efecto el instante en que se cometió el delito.

                              Esta afirmación guarda concordancia con la conclusión de que  un proceso penal no sirve para acreditar la verdad de los hechos, pues la verdad es un concepto filosófico que está referido a la identidad entre el pensamiento y la cosa. La verdad, como correspondencia absoluta entre el hecho delictivo del pasado y de lo que de él se haya podido  conocer en el proceso, es una aspiración ideal, a la cual no se llega en forma sencilla, tanto por las limitaciones propias de su naturaleza “histórica” (no se la puede percibir por experiencia – como se podría hacer con la gravedad o la inercia -, sino que se la que debe reconstruir conceptualmente, por las huellas que aquel hecho ha dejado);[2] identidad que solo se podría lograr estando en el mismo instante del hecho, lo cual es imposible porque se trata de un acontecimiento ocurrido en el pasado, y por tanto mucho menos se podría afirmar  que el hecho es verdadero o falso, de lo único que puede hablarse en termino de verdadero o falso es de enunciados cuyo contenido podrá adecuarse en más o menos a la realidad, de la cual dependerá el valor de verdad del enunciado. Es este, por lo tanto, el qué de la prueba, es decir, que es lo que debe comprobarse en el juicio a través de los medios probatorios. Ni la veracidad del hecho, ni el hecho en sí, sino la veracidad de la afirmación a cerca de la existencia de un hecho[3]

                              Como no es posible regresar al pasado, tampoco lo es el poder saber cómo se produjo en efecto el hecho delictual, lo que se evalúa es lo que se circunscribe a la versión de las partes, la cual en el caso de la posición acusatoria debe estar ceñida a poder lograr certeza, la cual está fuera del intelecto del Juez, quien solo la puede percibir subjetivamente como creencia de haberla alcanzado. Cuando esta percepción es firme se dice que hay certeza, a la cual se la puede definir como la firme convicción de estar en posesión de la verdad.[4]; certeza que es entendida como el aspecto subjetivo de la verdad la cual debe traer convicción al juzgador sobre lo atribuido al acusado más allá de toda duda razonable, la cual es definida desde data antigua, figura jurídica creada por el derecho anglosajón y que según el Juez Shaw, presidente de la Suprema Corte Judicial de Massachusetts, quien resumió muy bien la ecuación entre certeza moral y prueba más allá de una duda razonable en un famoso caso de 1950: (…)¿qué es duda razonable?. Es un término que se utiliza con frecuencia, que probablemente se entiende muy bien, pero no puede definirse fácilmente. No es una mera duda posible; porque todo lo relativo a las cuestiones humanas y que depende de la evidencia moral está expuesto a una duda posible o imaginaria. Es aquel estado del proceso que, luego de la comparación y consideración completas de toda evidencia, deja las mentes de los jurados en tal condición que no pueden decir que sienten una convicción perdurable, con certeza moral acerca de la imputación. La carga de la prueba pesa sobre el Fiscal. Todas las presunciones de la ley que no depende de la prueba están previstas a favor de la inocencia; y toda persona se presume inocente hasta que se demuestre su culpabilidad. Si todavía hay una duda razonable sobre tal prueba, el acusado tiene derecho de beneficiarse de ella mediante la absolución.[5]. En el proceso penal, el estándar probatorio impone que en el proceso penal debe probarse el hecho más allá de toda duda razonable (“beyond any reasonable doubt”), significa, a decir de COHEN, que para aplicar una condena toda razón relevante para dudar debe ser eliminada[6].

 

[1]° Fiscal Adjunto Supremo Titular de la Primera Fiscalía Suprema Penal. Profesor Universitario, Magister en Derecho Penal, Post. Grado en la Universidad de Salamanca, Post. Grado en la Universidad Complutense de Madrid, estudios concluidos de doctorado.

Guzmán, Nicolás, La Verdad en el Proceso Penal, Editorial “Editores del Puerto”, Primera Edición, Buenos Aires, 2006, Pág. 16

[2]Cafferata Nores, José, La prueba en el Proceso Penal. Ediciones Editorial Depalma, Buenos Aires, Cuarta Edición 2004. Pág. 06

[3]Guzmán, Nicolás, od.cit., Pág. 17

[4]Cafferata Nores, José, od.cit. Pág. 07.

[5]Sentencia COMMONWEALTH Jesus. www.ebster, 59Mass. 320 (1850), citado por Larry Lauda, El Estándar de Prueba y Las Garantías en el Proceso Penal, Editorial HAMMURABI, Primera Edición, Buenos Aires 2011, Pág. 125

[6]Guzmán, Nicolás, od.cit., Pág. 28

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